viernes, diciembre 28, 2007

autobiografía de los jesusitos: jesusito 1


No es demasiado práctico combinar la fascinación por los personajes famosos con una dotes nulas como fisonomista. Por eso, cuando aquel soleado día creí ver en un anticuario de juguetes en el rastro de Madrid al hijo menor de la Duquesa de Alba, sólo pensé que se parecía y que podría ser. La tienda era un vergel de juguetes antiguos, crecían como madreselvas por paredes y techos. Entonces los vi. En un rinconcito dentro de una vitrina estaban. Los padres de la familia feliz. Llegaron una navidad de 1973 a casa de la abuela. En mi carta lo expresé claramente, quiero la familia feliz y, repito, y, la casa de la familia feliz. Aquel paquete era de unas dimensiones que no encajaban con el tamaño de una casa, por muy de muñecas que fuera. No había casa, no había domicilio, no había hogar para aquella mal nombrada familia feliz. Tuve que conformarme con pasearlos en el jeep de geiperman de mi hermano, que muy amablemente nos cedía, siempre y cuando fuéramos al lugar por él elegido, por descontado, a la aventura por él elucubrada. Y así debieron pasar sus breves días, pues uno de aquellos infechados los padres dejaron de existir, aun antes de haberles sido concedido un nombre.
Yo tengo al hijo de la familia, le dije a la dependienta, mientras miraba entusiasmada a los padres setenteros tras el cristal.
Sí, creo que tenían también una hermanita, me contestó.
¿Seguro? A esa no la recuerdo. (Con qué impunidad trabaja la amnesia).
Al hijo sí le di nombre, dulce, lo llamé y por algún capricho o degeneración en su pronunciación acabé nombrándole “urce”, así es como lo conocían todos. Los fetiches, los amuletos, han de ser transportables. El mío lo era, y quizá por ello no fue difícil contando con mi innata predisposición a la creación de ídolos, que aquel muñeco terminara siendo un pequeño plástico adorable. Dormía con él, con él me bañaba, con él comía y, o bien en el bolsillo del abrigo o en el fondo de la cartera, me acompañaba allí dónde yo fuera. En algún momento de infantil confusión decidí que aquel muñeco era una especie de reencarnación objetivada de dios, un pequeño dios niño que me cuidaba, un Jesusito protector. No me resultó difícil vender a los demás una versión edulcorada de mi invención. En un gesto humilde sin precedentes en mi persona no me presenté como la elegida de tan importante acompañante, sino como la poseedora de un muñeco de la suerte. Pedidle un deseo y os será concedido. Era curioso ver como ciegamente los niños del barrio se lo pedían, por si acaso…
Hasta en tres ocasiones lo perdí, y en las tres conseguí recuperarlo. La última fue hace unos años, pues decidí dárselo en herencia a mi hija. Ella en su carrito no debió entender el valor de tan preciado juguete y lo dejó caer en algún lugar en la calle. Volviendo sobre mis pasos, y de nuevo, por tercera vez, milagrosamente logré recuperarlo. Desheredada y postergada la herencia volví a guardarlo en un cajón.
Dudé mucho, tal vez lo que me parecieron minutos, en aquella fabulosa tienda de antigüedades, sobre si comprar o no a los padres de aquella perdida familia feliz. Finalmente resolví que no, que mi voluntad era que quedara huérfano
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1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Dios!!! Hace 30 años que no veía a mi adorado bebé. . .estoy a punto de llorar de la emoción!!! Creerás que soy una loca ( y lo soy), pero es que mi hermana y yo también teníamos la familia feliz pero cuando cambiamos de domicilio debieron perderse en alguna caja. Me pasé años preguntando por ellos y ahora, curioseando por internet lo vuelvo a ver. Gracias por devolverme una de las pequeñas partes felices de mi infancia.

aliastar@hotmail.com

11:37 p. m.  

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