besos besos
He rodeado la ciudad. Al entrar he visto en las calles desiertas a un niño que hablaba solo con su monopatín.Y el momopatin, quizá obligado por la génesis de su nombre no parecía dispuesto a contestar, lo que no ha impedido que el niño le hablara convencido de que le estaban escuchando. Lo tenía cogido en brazos y no sé qué es lo que le estaría contando, pues en cuanto ha descubierto mi presencia se ha quedado mudo y ha disimulado.En el suelo , cerca del vivero, en el paseo de castaños de indias que cruzan hasta la plaza de toros, estaban ya las primeras hojas amarillas y cientos de castañas pilongas y me he preguntado por qué en cuarenta años no me ha caído ninguna en la cabeza . Contábamos de niños que las castañas pilongas eran venenosas y que de comerlas podías volverte loco. Así que las utilizábamos en salvajes guerrillas del laberíntico parque.Allí me cayeron algunas, pero venían en diagonal, y no del cielo , con lo que el impacto perdía toda la magia.Ya no recuerdo si por simple curiosidad comí alguna.